He de confesar que me sorprendió, en su momento, la variedad de comestibles de una bien surtida plaza de Madrid en los albores del siglo XVII. Carnes, pescados frescos, escabeches, aves, huevos, hortalizas, algunas frutas frescas, frutos secos, legumbres y especias componían la abundante oferta de los mercados madrileños. Otra cuestión diferente sería analizar el porcentaje de ciudadanos y familias que podían tener acceso a los productos. En cualquier caso resulta llamativa la forma de cocinar, a juzgar por las recetas que se conservan. Se trata, en general, de platos muy elaborados compuestos por gran cantidad de ingredientes, de cocción prolongada, donde se mezcla lo dulce y lo salado y abundan las grasas de origen animal. La miel y/ o el azúcar aparecen en casi todas las preparaciones culinarias; lo mismo se utilizaban para unas rosquill...
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