La incertidumbre ante una enfermedad desconocida es tan antigua como la humanidad. Muchas de las dolencias que, a día de hoy siguen provocando complicaciones, eran ya conocidas en la antigüedad y tratadas, con mayor o menor éxito, administrando los remedios conocidos y probados de que se disponía en el momento. Pero cuando una persona enfermaba presentando síntomas que hacían presagiar la gravedad del mal, antes como ahora, las dudas acerca del desenlace asaltaban la conciencia de sus familiares porque la cotidianidad de la vida podía sufrir un vuelco notable. Muchos eran los factores que entraban en juego: emocionales, económicos, laborales, judiciales.... Si nos situamos en el siglo XVII a nadie debería extrañar que una mujer que se quedase viuda, antepusiera la situación económica en la que quedaba al dolor por la pérdida de su marido; porque, en la mayoría de los caso...
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