Tantas víctimas se cobraban las sucesivas epidemias tanto acá como allende los mares, que uno de los efectos colaterales era la falta de espacio para los enterramientos. El 15 de septiembre de 1780 se publicaba, por orden de Carlos III , una cédula dirigida al virrey de la Nueva España con la desacertada respuesta de aquél a una justa petición de éste. La ciudad de México estaba siendo azotada por una epidemia de viruelas de tal magnitud que las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas, se intentaba que no se produjese otra más nociva que la que se padecía, a causa de la cantidad de cadáveres que, hacinados y enterrados en las iglesias, exhalaban un hedor insoportable capaz de infeccionar el aire. El virrey y el arzobispo acordaron adecuar con urgencia dos campos santos porque no había espacio físico donde enterrar a los muertos. Se señaló un cementerio ...detrás de la capilla...
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