La Princesa de Éboli, Ana de Mendoza y de la Cerda, pasó los últimos años de su vida recluida en su palacio de Pastrana (Guadalajara), en una especie de arresto domiciliario que le fue impuesto por Felipe II. Vivía acompañada por su hija menor y algunos criados. Los gastos en alimentos, medicinas, vestidos, leñas, salarios de asistentes o reparaciones, eran fiscalizados periodicamente por orden del Rey. Con algo más de cuarenta años y diez partos (uno de ellos gemelar) a sus espaldas, la Princesa, triste y achacosa, recurría con frecuencia a los remedios que, creía, podían devolverle algo del porte y del esplendor perdidos. Tenía especial fe en un ungüento desopilativo del hígado que era, en realidad, una purga compuesta por agárico y cocimiento de malvas y malvaviscos, mercuriales y acelgas. Conserva de escorzonera, agua de olor, ámbar gris, agua de amapolas, aceite de almendras, agárico, mirra escogida, aceite de alegría, agua...
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