viernes, 17 de noviembre de 2017

La incertidumbre  ante una  enfermedad desconocida es tan antigua como la humanidad. Muchas de las dolencias  que, a día de hoy siguen provocando  complicaciones,  eran ya conocidas en la antigüedad y tratadas, con mayor o menor éxito, administrando   los remedios conocidos y probados de que se disponía en el momento.

Pero cuando una persona enfermaba presentando síntomas que hacían presagiar la gravedad del mal,  antes como ahora, las dudas  acerca del desenlace  asaltaban la conciencia de sus familiares porque la cotidianidad de la vida podía sufrir un vuelco notable. Muchos eran  los factores que entraban  en juego:  emocionales, económicos, laborales,  judiciales....

Si nos situamos en el siglo XVII a nadie debería extrañar que  una mujer  que se quedase viuda, antepusiera la situación económica en la que quedaba al dolor por  la pérdida de su marido;  porque, en la mayoría de los casos, en realidad  no era un ser querido sino alguien con quien  había tenido que casarse para cumplir un contrato. 

Dicho esto, parece razonable que la familia del paciente quisiera saber si el deceso del mismo estaba próximo para, en ese caso,  tomar las decisiones oportunas.
Si quieres conocer si la enfermedad pasará a quitarle la vida al enfermo, toma una cuchara(da) de leche de mujer que haya parido niño y mezclala con igual cantidad de la orina del enfermo...en una taza de vidrio claro....; y si se mezcla lo uno con lo otro, escapará. Si no se mezcla, morirá. 

Uno de los males recurrentes en siglos pasados, producido por un hongo,  muy contagioso  y que podía ser mortal,  era la tiña de la cabeza. Había varias alternativas para el tratamiento  siendo  una de las más eficaces una decocción de ingredientes para lavar la cabeza del enfermo ocho días contínuos. A saber: se coge un puñado de malvas y otro de celidonia, media libra de cal viva y otra media libra de hollín. Y todo junto se ha de poner con cuatro libras de agua en una olla; y ha de bullir media hora y después se dejará en infusión doce horas...y se colará con mucho cuidado por un paño delgado, y con el agua colada se ha de lavar la cabeza.....
Y después se le untará con el ungüento conveniente...elaborado a base de brotones tiernos del laurel en el tiempo del mes de mayo mezclados con  capullos de rosas finas en la misma proporción, cocido todo ello lentamente en  aceite común.

Si éste no daba el resultado apetecido, siempre cabía la posibilidad de recurrir a otro ungüento resultante de macerar durante 15 días dos lagartos en abundante aceite común. Transcurrido ese periodo se retiran los bichos de forma que al sacarlos se han de tener un rato boca abajo sobre el puchero, hasta que echen toda la viscosidad que tienen. Con este aceite se untará la cabeza....


sábado, 11 de noviembre de 2017

Con la llegada del  otoño, la Infanta Ana María Mauricia, hija de Felipe III, se disponía a emprender el largo viaje que la llevaría a Francia para contraer matrimonio con Luis XIII. Estaba pactado de antemano y se pretendía con ello suavizar  las ya viejas hostilidades entre ambos reinos.

La Infanta iba acompañada por un numeroso séquito que a la familia real francesa le pareció excesivo y hubo de reducirse de forma considerable. Por expreso deseo del Rey,  su padre, la dirección de la comitiva corría a cago del Duque de Monteleon,  quien, una vez concluido el viaje,  se quedaría en el país vecino haciendo las veces de embajador y supervisando el devenir diario  de la futura Reina de Francia.

Ana Mauricia tenía 14 años, la misma edad que su prometido. Se celebraron los esponsales al llegar la legación española a Burdeos. La Infanta recibió de su suegra María de Médicis una cruz de diamantes en extremo buena ....y un reloj de la misma manera que le regaló su esposo. Por razones obvias el matrimonio no llegó a consumarse hasta que pasó algún tiempo.  La joven llegaba a la pubertad durante el viaje, tal como informaba el cronista al  Marqués de Tovar: ..esta noche pasada acabó la Reina Infanta de tener todas las circunstancias de mujer casada, de que estoy contentísimo...

Entre octubre de 1615 y diciembre de 1616 el Duque de Monteleón escribe cientos de cartas al Rey y a destacados miembros de la nobleza informando puntualmente de todo lo que acontece. Y pidiendo dinero y más dinero....porque las cantidades que diariamente gasto son monstruosas....El viaje se alarga y complica más de lo previsto y las simpatías hacia la futura Reina  se ganan  a golpe de dádiva. 

Con dinero por delante todo se tiñe  de color de rosa y la diferencia en las costumbres se subsana sin mayor problema. Parece que lo que peor lleva Monteleon es la impuntualidad de los franceses, la falta de controles de seguridad en las entradas de palacio y la incomodidad de los carruajes. 

Por otra parte, el Rey es de bonita persona y, aunque no intercambian una sola palabra por no hablar el mismo idioma, la Reina Infanta está muy alegre y contenta....y el Rey está enamorado y no sabe apartar los ojos de ella. La Reina Madre se deshace de puros deseos de darla gusto...y está  encantada de lo bien que baila la pavana...

El Duque de Monteleon, elegido para este menester por sus habilidades para la diplomacia, su buen temple y su cultura, a pesar de la carga laboral -de la que se quejaba de forma continuada- aún tenía tiempo para  menesteres mas prosaicos. En sendas cartas remitidas al Conde de Lemos y al Duque de Uceda allá por el mes de noviembre de 1615, les hace partícipes,  confidencialmente, de  sus curiosas experiencias personales:
La primera mujer que he besado en Francia era fea y  vieja y hasta aquí lo podía llevar mi buena conciencia,  pero era también asquerosa .....  Como vio su divina majestad que lo tomé en paciencia, me hizo topar con otra, el día siguiente, como mil flores. La segunda era muy hermosa, esto se pasó con menos trabajo y más peligro. Y así me resuelvo de pedir a Dios que me libre de unas y otras. Y de mi parte lo procuro...  



viernes, 3 de noviembre de 2017

Desde San Lorenzo de El Escorial, el 27 de noviembre de 1778, Floridablanca, a la sazón secretario de Estado, remitía una carta cuyo destinatario era  D. Antonio de la Cuadra, secretario, a su vez, de la Real Sociedad Económica Matritense. En ella le informaba de  las disposiciones de Carlos III  para aumentar las zonas arbóreas de Madrid y su entorno.....porque anualmente van en disminución los árboles que solía haber en los sotos, riveras y arroyadas de las cercanías.

Aunque el territorio sea un poco árido, falten las lluvias algunos meses y carezca de riegos  naturales, el arte, la aplicación y la constancia podrían  suplir esos defectos, mayormente cuando la tierra por sí misma no repugna esta producción, sabiéndose que la dehesa de Madrid era en lo antiguo bien poblada de monte.
  El señor D. Felipe II, antes de fijar su corte en esta villa, hizo plantar en las riberas y sotos del Manzanares las arboledas cuyas reliquias vemos ahora.

Si la reciente repoblación de la zona alta del Buen Retiro demostraba que se pueden formar bosques sin riego alguno....¡Cuán fácil sería llenar el país de encinas y olivos como los hubo en otro tiempo!.

Pero el Rey sabía a la perfección que predicar sin incentivos no iba a dar buenos resultados por mucho que las autoridades trataran de  concienciar a la gente de las bondades del proyecto. 

Así las cosas, ordenó la creación de viveros en las orillas del canal del Manzanares y en Aranjuez, para surtir con abundancia los plantones que se necesiten, no sólo para el ornato de la villa sino para crear zonas boscosas en todo el país, aprovechando dehesas, eriales o, incluso, terrenos de cultivo de baja producción.

Y sabiendo que las subvenciones iban a constituir la mejor  razón para   convencer al personal, se establecieron premios  que se pagarían a través de la Sociedad Económica Matritense.

Por cada pie de olivo, frutal u otro árbol de cualquier especie, exceptuando viñas, arbustos y zarzas que se plantara en el contorno de una legua de esta villa, si el terreno es de regadío se abonarían 2 reales en el primer año, a cobrar en dos plazos: el primero cuando se tenga certeza de  la plantación y el segundo en junio del año siguiente, siempre que el árbol estuviera prendido. El incentivo se prolongaba dos años más aumentando la cuantía hasta 3 reales en  cada un año por cada árbol vivo.

Si el terreno destinado a la repoblación era de secano, entonces la cantidad a cobrar aumentaba a 4 reales el primer año y a 6 reales en cada uno de los dos siguientes. Además se suministraban los  plantones  de forma gratuita en todos los casos.
Hay que decir que las subvenciones disminuían con la distancia;  y  desaparecían si la plantación se hallaba a  más de  dos leguas de la villa de Madrid.

¿Tendría algo que ver en el asunto la afición cinegética del monarca en zonas boscosas no demasiado distantes  de palacio?.




viernes, 27 de octubre de 2017

Los acontecimientos del día  me obligan, por excepcionales, a cambiar de planes. La soberbia, la ignorancia y el fanatismo no son buenos compañeros de viaje.  Tampoco la negación y/o la inacción por sistema. Sea como fuere, hoy es un día triste. No me preocupan los políticos (ni sus personas ni su futuro a corto o medio plazo), me preocupa la fractura social que ya es patente: familias enfrentadas, amistades rotas, ilusiones truncadas, proyectos que no van a ver la luz...
Reflexionemos  sobre ello y sopesemos si merece la pena. La vida es corta y las posturas políticas mucho más efímeras de lo que creemos, tanto que se venden al mejor postor en el momento más inesperado. 
Queridos lectores, hoy, con vuestro permiso, paso a  transcribir aquí unos fragmentos de un poema anónimo que data del siglo XVII y que, sin lugar a dudas, después de casi cuatro siglos, vuelve a ser de actualidad. 

 Miro hoy a España y mientras más la miro
más de verla me admiro;
tanta es su marchitez y desemejo
que, sin ser yo muy viejo,
de lo que en ella vi, ni un rasgo solo
observo ya. Funesto mausoleo,
cadáver de sí misma; así la veo:
pálido el rostro y el semblante feo.
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La causa de los males que me afligen
no es otra que los mismos que me rigen.
Aquél que mas me abraza,
ese me despedaza.
Que, con son de benévolo cariño,
como la madre al niño,
cuando su amor desfoga
tanto me abraza, tanto que me ahoga.
En sus caricias peno
porque me da en sus pechos el veneno.
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Dime agora si es cierto
que es el último loco desacierto,
si es un calificado desatino
a un sujeto incapaz, nada ladino
darle la investidura de un Consejo?.
Siendo así que defectos del manejo 
y faltas de experiencia
si las puede suplir la suficiencia
de sus acompañados
que están en las materias activados.
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Para domesticar a Cataluña
que, rebelde a su rey, la espada empuña
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Lo primero, la acción es muy dudosa.
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Lo segundo es, señor, que las acciones
todas tienen sus  tiempos y sazones
y el tiempo en el obrar es circunstancia
en que va del acierto, la ganancia.
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Que la mesura y la sensatez sean capaces de acabar con esta pesadilla.




sábado, 21 de octubre de 2017

Charles Marie de la Condamine, naturalista, matemático, militar y geógrafo francés, se carteaba regularmente con su amigo  Jose Antonio de Armona ( historiador y funcionario español  a quien Carlos III había  enviado a La Habana  en el año 1764 con el encargo de  sanear las cuentas) y con Antonio de Ulloa, en ese momento gobernador de Luisiana. Los tres eran dignos representantes del  -al menos, pretendido-  espíritu ilustrado   del siglo XVIII.

En las largas y muy interesantes cartas que intercambiaban  tenían cabida todo tipo de confidencias políticas, culturales, científicas o, incluso, las relativas a la propia salud, de las que vamos a ver una muestra.

El 14 de junio de 1768 escribe el francés  a Armona  desde París....Ya creo haber avisado a vuestra merced el estado de mi salud; tengo las manos y la mitad inferior del cuerpo como insensibles, pero esto no me impide el escribir....ni tampoco el andar, aunque poco seguro, sobre mis piernas. Apenas siento éstas y menos los pies, estoy como si tuviese puestas una botas fuertes con un peso de 30 libras en mis muslos. Pero el tronco está sano:  bebo, como, duermo....

Las aguas termales, los baños calientes, las duchas, los baños fríos, las fumigaciones, los tópicos de todas clases, los remedios interiores recetados por los médicos más hábiles de Europa y la electricidad  no me han hecho ningún efecto y ya no hago ningún remedio. He probado, no obstante, hacerme algunas frotaciones en el espinazo con el aceite de oso de La Luisiana mezclado con un licor espirituoso para corresponder a la amistad con que me favorece nuestro común amigo D. Antonio de Ulloa.

Al día siguiente, 15 de junio, redacta una carta con destino a La Luisiana a sabiendas  de que cuando llegue, probablemente su destinatario, el Sr. Ulloa, no se encuentre ya en aquellos lares. La Condamine conocía a la perfección la inquina que los colonos franceses en aquellas tierras sentían hacia su Gobernador y, más pronto que tarde, iban a forzar su expulsión. Efectivamente Antonio de Ulloa abandonaba el territorio en ese mismo año de 1768.

En la carta le agradece el envío  del aceite de oso y el de la culebra de campanilla, mucho mas raro....
De ocho días a esta parte he empezado a frotarme la parte inferior del espinazo con el aceite de oso batido mucho con aguardiente o espíritu de vino para que penetre con más facilidad. El de víboras le guardo para la extremaunción...
Usted extrañará que no me dé frotaciones en los pies y en las manos entorpecidas.....Hace dos años que me apliqué todo género de remedios....pero dicen las gentes que esto es hacer como los perros, que muerden el palo y no la mano del que los castiga  y que el remedio se debe aplicar al origen de los nervios, ésta es la razón porque me doy las frotaciones en el espinazo. 

Defensor accérrimo de la inoculación de las viruelas como mejor método  profiláctico ante tan terrible enfermedad, sufría el acoso de algunos colegas que, mediante  la proclama de libelos difamatorios, echaban por tierra  sus teorías. El tiempo se encargaría de darle la razón.

Adios mi querido gobernador, mándeme v. merced sus noticias y particularmente del feliz parto de madama, su esposa, a cuyos pies suplico a v. m. me ofrezca. Tengo el honor de ser con el más sincero respeto e inclinación, señor y querido compañero de viaje, su más humilde y muy obediente servidor.








viernes, 13 de octubre de 2017

Fray Antonio de Cáceres y Sotomayor, confesor del Rey, era nombrado Obispo de Astorga en el año 1595. No parece que este cargo fuera de su agrado y desde el principio se mostró reticente a desempeñarlo. Pero como "nobleza obliga" decidió, por fin, poner rumbo hacia Astorga  pasando las montañas de Galicia con mucho trabajo de malos caminos y peores posadas....., para dar a conocer y obligar a sus capitulares a guardar los acuerdos del Santo Concilio de Trento. Así se lo cuenta al Nuncio de Su Santidad en una carta manuscrita que carece de fecha pero, a la vista de los acontecimientos,  podemos situar entre 1597-1606.

La enemistad manifiesta que se profesaban el Prelado y el Marqués de Astorga, ambos muy poderosos, fue, a mi juicio,  el detonante de los acontecimientos posteriores en los que, como casi siempre, aparece alguna cabeza de turco para cargar con la culpa.

Era diciembre de 1597 y  lo que parecía una simple pelea entre un miembro del Cabido (que gozaba de los favores del Marqués)  y un  sacerdote afín al Prelado, terminaba  desatanto  escenas de inusitada  violencia entre unos y otros clérigos que acabaron arrastrando al personal civil al mayor escándalo y atrevimiento que se  ha visto en España; porque no fue menos que amotinarse un cabildo entero y toda la ciudad que le seguía, armándose todos a campana tañida y voz de pregonero contra el Obispo, solamente porque mandó prender un clérigo. Y le cercaron su casa y le apedrearon en ella y poniéndolo todo en tanta confusión que si el Obispo no tuviera seso, se perdiera la ciudad muchas veces....

.Temo que me ha de pedir Dios estrecha cuenta por haber(lo) dejado pasar con tan ligero castigo.....( reflexionaba el Prelado).

Juicios, sentencia, mediaciones....nada servía para calmar los ánimos. Ambas partes aprovechaban cualquier detalle para encender, de nuevo,  la mecha. 
El Obispo  abandonó  la costumbre inmemorial de convocar sínodo diocesano  en la Catedral de Astorga y trasladaba la audiencia episcopal a La Bañeza. Estando  en esta villa mandó llamar a un Arcediano de la Catedral de Astorga para tratar algunas cosas tocantes al servicio de Nuestro Señor, pero éste hizo caso omiso y  el Obispo respondió a la desobediencia con la excomunión del Arcediano quien, a su vez, pidió amparo al Nuncio del Papa alegando que los miembros del Cabildo no estaban  obligados a acatar las ordenes del Prelado, teoría que apoyaba la poderosa familia del Marqués de Astorga.

Los problemas se sucedían, la división del clero era patente. Se celebraron  juicios en tribunales eclesiásticos y civiles, llegando a tener que intervenir el propio Rey Felipe III.
Se pronunciaron sentencias a morir en la horca, azotes  tormentos,  como aquél que padeció un pobre incauto al que condenaron a clavarle una mano en el mismo pilar donde había colocado  un libelo propagandístico obedeciendo ordenes superiores.

La muerte de Fray Antonio de Cáceres y Sotomayor en 1615 se convertía en el bálsamo necesario para restañar aquellas profundas heridas que llevaban dos décadas abiertas.

Para tomar nota.

viernes, 6 de octubre de 2017

Una de las medidas que tomaba Carlos III  a los pocos años de acceder al solio real, fue reformar la indumentaria del paisanaje.  El objetivo era reducir el número de delitos de asesinato y robo perpetrados por aquellos que, parapetados tras un embozo y un sombrero que ocultaba su  fisonomía, escapaban a la acción de la Justicia.

A este respecto, el conde de Aranda redactaba una Orden el 9 de noviembre de 1766 con unas  instrucciones muy claras para el gremio de montereros  acerca de cómo habían de fabricar en adelante las monteras.
 Se confeccionaron tres ejemplares exactamente iguales con las medidas  reglamentarias . Una de las monteras la guardó Aranda, otra se entregó a los representantes del gremio para que la tomaran como modelo y la otra se colocó en la alacena del Acuerdo, ....selladas las tres con mis armas y dos sellos, uno en el casquete y otro en la caída.

Siendo consciente el conde de que prohibir de facto el uso de los sombreros gachos iba a suponer un gasto extraordinario  que podía desequilibrar la economía de las familias, dispuso que se siguieran usando las que en el día se llevan, que son muchas .....y diferentes....hasta que se rompan. Ahora bien, las monteras caladas a la murciana o granadina habrían de ser reformadas ..porque esta especie importa, desde luego, que desaparezca, además que son  muy pocas y solo pueden servir en el día de mal ejemplo y tentación para aumentarse. Será bueno que en esta diligencia procedan los ministros de justicia con la más posible cortesía llamando aparte al que llevase tal montera...para que evite su porte. Una vez prevenido, ...si reincidiese, se hará entonces culpable por su inconsideración  y la sala usará con él la corrección que mereciese su repugnancia.

Para el vestuario de los eclesiásticos también se dictaron normas distinguiendo a los ordenados in sacris de los que no lo estaban (clérigos de menores). Los primeros debían llevar, además de sotana o manteo,  el sombrero con las alas levantadas de los costados y con forro  de tafetán negro engomado. Los no ordenados vestirían también  hábitos largos  pero las alas del sombrero se levantarían a tres picos del mismo modo que los seglares.

El Obispo de Barcelona, José, escribía en agosto de 1770 a la autoridad competente solicitando una reforma de las normas relativas a la indumentaria clerical. No le parecía conveniente el uso de forros de seda en los sombreros por ser un invento secular de escasa modestia, además se trataba de  un tipo de confección poco práctica  y su precio no estaba al alcance de muchos de los sacerdotes.

 Por otra parte, tampoco creía acertado que se consintiera llevar vestidos largos a los estudiantes seculares y músicos, ni que los clérigos de menores hubieran de  utilizar el sombrero de tres picos como el personal civil porque, así las cosas,  podría darse el caso de que algunos de estos clérigos se tomaran la licencia de acomodarse a las modas de sombreros que cada día inventan los seculares faltando a la modestia propia de su estado. 
Y es que...en efecto, apenas se publicó la providencia de V.A...., algunos clérigos, los menos modestos, aquellos de quien decía el Santo Concilio de Trento que ponen un pie en la iglesia y otro en el siglo, no contentos con llevar el sombrero de tres picos, han añadido borlas que cuelgan de uno de ellos. Otros se han rizado el cabello y se han puesto polvos.  Otros han puesto botoncillos en la sotana a la (manera) francesa y algunos,  vueltas en los puños de la camisa.
Escribía el prelado con el sentimiento de no poder remediar que así los clérigos se secularicen con el pretexto de esta  providencia mal entendida.