En más de una ocasión las arcas reales de Carlos I no albergaban otra cosa que documentos de reconocimiento de deuda. Ni el oro y la plata que llegaban de América ni las cuantiosas rentas que obtenía de su vasto territorio fueron suficientes para sufragar el alto coste que suponía pacificar sus dominios y financiar sus reiteradas embestidas contra Francia y contra el infiel. El valor de los metales y piedras preciosas que llegaban del nuevo continente, iban a parar directamente a manos de los poderosos banqueros alemanes de la familia Fugger ( en castellano, Fúcares) y otros, con quienes el emperador estaba permanentemente endeudado. No pocas veces se vio obligado a recurrir a préstamos de nobles, cortesanos y religiosos. Incluso, de particulares plebeyos. En septiembre de 1523 desde Burgos remitía una comunicación a García Manrique, conde de Osorno, nuestro asistente de la muy noble ciudad de Sevilla y a los demás of...
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