La vida da muchas vueltas y nunca se puede asegurar que nuestros principios van a permanecer intactos en cualquier circunstancia.

En enero de 1600 llegaba a Quito, para ejercer como fiscal de la Audiencia, Blas de Torres Altamirano. Antes de un año de estancia en aquellos lares,  escribía a Felipe III dando cuenta  de las graves irregularidades y abusos que se cometían y del nivel de corrupción en que estaban sumidas las institucines reales
Acusaba al obispo de querer cobrar el diezmo a los pobres y miserables indios, que estaban exentos por Real Cédula,  y solamente debían contribuir, en lo que a este tributo se refiere, con la voluntad. 

Por otra parte, los encomenderos, colonos españoles y hasta los mismos esclavos negros  maltrataban, vejaban y trasquilaban el cabello a los indios, tratándolos como esclavos cuando, en realidad, eran libres. El corregidor,  los oidores y  otros miembros de instituciones reales,  además de consentir los excesos, los alentaban al ser, muchos de  ellos, propietarios de negocios e industrias donde los indios eran obligados a trabajar en régimen de esclavitud. 

La parcialidad de los tribunales de justicia, el abultado e injusto  salario de los escribanos, alguaciles  y otros oficiales, los sobornos y la malversación de fondos por parte de los tesoreros reales, al parecer, eran prácticas habituales que Blas de Torres denunciaba reiteradamente en sus misivas a España solicitando al rey que pusiera coto a los abusos. 

Tras dos años de residencia y trabajo en Quito, Blas Torres se enamoró perdidamente de una señora casada con un letrado ...que vivía muy cerca de su casa. Durante algún tiempo ambos amantes guardaron el secreto de su relación pero, como suele ocurrir, algún detalle fuera de control extendió la nueva por toda la ciudad y  el escándalo fue mayúsculo, por tratarse de quien se trataba. La vida privada y pública  de un fiscal debía ser modélica y el adulterio, además de inmoral, era un delito que había que castigar.

...Durante su amancebamiento se volvió el marido  tonto y después murió con mucha fama de que le habían muerto con veneno....Y continuando en el amancebamiento después de viuda, dicen le ha gastado más de 8.000 ducados de la fortuna del finado.

Avisado el conde de Monterrey, virrey del Perú, antes de encausar al fiscal y tratando de que recondujera su conducta,  expulsó de la ciudad a Ana Jaramillo (así se llamaba la tal amante).  Y a Blas  le encomendó un asunto laboral que le obligó a ausentarse de Quito durante algún tiempo, aprovechando la ocasión el virrey para ordenar el regreso de  Ana y  casarla, con toda celeridad, con Juan de Guzmán, letrado también de la Audiencia.

Al retornar Torres Altamirano  a la ciudad, de nuevo prendió la mecha y ambos amantes volvieron a las andadas. Miguel de Ibarra, presidente de la Audiencia y  hermano de Juan de Ibarra, miembro del Consejo Real, no tuvo otra opción que denunciar al fiscal (principios de 1606) e iniciar los trámites legales para que fuera apartado de dicho oficio y castigado.

En un principio estuvo bajo arresto domiciliario, pero al quebrantarlo, se le trasladó a la cárcel pública  por espacio de casi cuatro meses, ...en el calabozo de ella, entre negros y indios, con cuatro guardas...., para  luego  continuar  la pena de prisión en  su casa hasta que se celebrara el juicio. 

Entretanto, fallecía D. Miguel de Ibarra (antes de 1609) y el litigio se daba por fenecido, volviendo Torres a desempeñar su profesión de fiscal, ahora en Lima.

Acomodado en la nueva ciudad y sin rastro de delito, casó con Agueda Mauricia de los Ríos Lisperguer, de familia principal, aristócrata  y acaudalada.

Se da la circunstancia de que  aquél fiscal tan recto, en otro tiempo, favorecía de forma descarada a su cuñada Catalina de los Ríos, saliendo ésta  de rositas a pesar de estar probado que se trataba de  una asesina en serie. Una de las más famosas de América Latina, apodada La Quintrala.







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