PREPARANDO LA GRAN ARMADA:
Desde Monzón, el 15 de julio de 1585, Felipe II se dirigía al adelantado de Castilla y capitán general de las galeras de España, para comunicarle su decisión de doblar el salario a los capitanes de las dichas galeras.
Cobraban hasta entonces diez escudos mensuales y recibían cinco raciones diarias de alimentos. Con la nueva ley pasaban a percibir veinte escudos y ocho raciones de comida al día, si bien con el dicho crecimiento quedaban anulados algunos de los privilegios de que gozaban hasta entonces: que no se les pague ningún criado, ni gocen ni tengan los demás aprovechamientos......que hasta aquí han tenido.... La disposición debía entrar en vigor de manera inmediata, sin embargo el veedor general y los contadores no quisieron asentar el dicho acrecentamiento de sueldo y raciones en tiempo y forma, con lo cuál los capitanes de la flota, reunidos en Gibraltar, viendo que la disposición no tenía efecto y seguían cobrando lo mismo, acordaron acudir al rey para solicitar que les fueran abonadas las cantidades estipuladas desde la fecha de entrada en vigor. Petición que Felipe II consideró justa y ordenó a través de una cédula.
En la misma, el monarca advertía al adelantado que, en adelante, antes de nombrar un nuevo capitán, me aviséis de las partes, calidad, servicios y experiencia del que quisiereis nombrar para que él diese el visto bueno y, en su caso, le despachéis el título y patente de ello.......
De aquí adelante....los capitanes de las dichas galeras sean caballeros de quien se pueda esperar mucho servicio, o personas prácticas que fuesen marineros muy experimentados...., con idéntica remuneración y sin derecho a percibir recompensas adicionales.
En realidad, a todos los oficiales y también a la soldadesca se les anunció un aumento de sueldo considerable, aunque en muchos casos no pasó de ser un anuncio. Estaba el rey preparando minuciosamente y con atropellos -todo hay que decirlo- su proyecto estrella: la Gran Armada, que con el objetivo de invadir Inglaterra para derrocar a Isabel I, sufrió una estrepitosa derrota en 1588, sin precedentes en cuanto a pérdidas humanas y materiales.
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