BANDIDOS EN VALENCIA:

José Artús era un famoso bandolero natural de Valencia que, al mando de su cuadrilla, se dedicaba a robar y ajusticiar a todo aquél que se le ponía a tiro. Comandaba una banda itinerante, muy escurridiza, a la que la justicia no conseguía dar caza. Solía refugiarse cerca  de Utiel,   venta del Pájaro y aquellos contornos...Y en Chelva se sustenta sin ser perseguido... En esa comarca se localizaban los límites entre  tres reinos    (Castilla, Aragón y Valencia). Artús, además de buen conocedor del terreno, sabía que la justicia de Castilla no tenía competencias en Valencia o Aragón y viceversa. 

El marqués de San Román, a la sazón virrey de Valencia, escribía al rey Felipe IV exponiendo la necesidad de  diseñar  una acción conjunta de los tres reinos que condujera a la detención del malhechor que, en ese momento, vagaba por Utiel junto con dieciocho bandidos de Valencia y otros de Castilla y de Aragón. (6 de noviembre de 1664). 

Las cosas no se resolvieron con la rapidez deseable. Se llegaron a ofrecer  -sin resultado-  cuantiosas recompensas a quien  entregase a José Artús, vivo o muerto, a las autoridades. Como la captura del delincuente se hacía casi imposible, nada mas tomar posesión del cargo  el nuevo virrey, conde de Paredes, encomendó  a D. Miguel de Villacampa, capitán de la guardia de Valencia, negociar con él y escuchar sus peticiones. El 10 de octubre de 1668 Artús  -cabo de bandidos, de 50 años de edad-  junto con otros treinta y cinco  delincuentes, entre ellos  seis cabezas experimentadas en maldades,   embarcaban en el lugar de Solderrío con destino a Nápoles para servir a la corona española por espacio de tres años. 

El virrey recibió la felicitación de la reina gobernadora, Mariana de Austria, por el buen resultado de la negociación. No obstante, cuando S.M. y el Consejo Real supieron que  había perdonado a los bandidos todos sus delitos, las felicitaciones tornaron en reprimendas  e imposiciones  para dejar sin efecto  la remisión de las penas.....(21 de mayo de 1669). De nada sirvieron las súplicas del virrey para que por esta vez se hiciese esta gracia.

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