APARICIÓN DE LA VIRGEN:
El 12 y 13 de enero de 1577 (domingo y lunes) entraron las monjas a ocupar el flamante monasterio femenino de Nuestra Señora de la Concepción, orden de San Francisco, en Quito (hoy capital de Ecuador). El 21 del mismo mes ocurría un suceso extraordinario en el recién estrenado convento.
Estando las monjas en su coro, entre las siete y ocho de la noche -hora y media después de anochecido- rezando con sus cuentas y sin vela ninguna...,ni lámpara en la iglesia porque aún no se había colocado, vieron visiones celestiales...,que fueron unas estrellas sobre el altar, sobre la imagen de Nuestra Señora y muchas por el cuerpo de la iglesia. Vieron una imagen con un arco encima de muchos colores y lleno de estrellas, una imagen que no era la que estaba en el altar sino que la bajaron y subieron. Hubo canto como de pajaritos.
Las monjas, especialmente once de ellas que eran de edades comprendidas entre 13 y 16 años, no tuvieron sufrimiento, hablaron con la imagen y dieron voces que se oyeron en la calle. Acudió mucha gente y pudieron ver la claridad dentro del templo por entre los quicios de la puerta y por una ventana....Algunas personas abrieron y entraron dentro pudiendo ver la imagen del altar encendida y muy colorada, tanto como una rosa muy colorada. Este fenómeno pudo ser observado durante la mitad de media hora....y pasado este tiempo quedó en su color...
Cuando se produjo este suceso el obispo estaba ausente de la ciudad, a unas quince o veinte leguas. No quedaba mas remedio que aguardar su regreso ya que, según disposiciones del Concilio de Trento, a él correspondía averiguar, reconocer y declarar....,así como convocar a los teólogos y prelados de la ciudad para que emitieran un dictamen al respecto. El prelado del convento informó a la Audiencia de este acaecimiento con las monjas.
El 30 de enero el presidente de la Audiencia enviaba una carta al rey comunicándole lo sucedido. Residían en el convento trece monjas, dos de ellas viejas: la portera, mujer buena y cristiana y la abadesa, doña María de Taboada, mujer principal de mucha calidad, sobrina del obispo anterior y viuda desde hacía más de 25 años. Las once doncellas eran todas hijas de buenos padres. Algunas de ellas, a pesar de su corta edad, hacían ya vida áspera de cilicios, ayuno y oraciones.
Al parecer, fue ésta la primera de una serie de apariciones marianas surgidas en el referido monasterio.
Comentarios
Publicar un comentario