INCENDIO EN LA CATEDRAL DE ZAMORA:

A las tres de la tarde, la víspera de la festividad de San Juan Bautista del año 1592 (23 de junio) se desataba un incendio en la Catedral de Zamora.

Para celebrar la Octava del Corpus el obispo y el cabildo dispusieron que se adornase el claustro contiguo a la nave central del templo, de la mejor manera posible. Los arcos, que eran pequeños, se aderezaron con  flores asentadas sobre ramas de romero. Las columnas que sustentaban los arcos se cubrieron así mismo con romero. En el hueco de cada arco, entre dos columnas, había un santo de bulto y  se había rematado  la parte de arriba con imágenes y lienzos. En la otra banda del claustro se colgaron tapicerías buenas de seda, de las de figuras grandes, y en  la parte de arriba, hasta llegar a la techumbre, estaba todo el espacio cubierto de retratos y lienzos de muy buena marca.

En los tres rincones del claustro se armaron arcos triunfales con sedas de colores y muchas yerbas y flores. Debajo de cada uno había un altar ricamente aderezado con joyas,  piezas de plata, imágenes y agnusdéi  de mucho valor. En las paredes  se pusieron doseles y colgaduras de terciopelo;  una fuente de agua artificial que parecía muy bien decoraba uno de los lados del claustro.

Aunque ya se había celebrado la Octava, el obispo dispuso mantener el Santísimo Sacramento con todos sus ornatos hasta el día de San Juan para que toda la ciudad pudiera verlo. La víspera de ese día, mientras procesionaban por el claustro los miembros del cabildo, un mozo de coro que portaba un cirio delante de la Cruz, por mirar a la fuente referida, se descuidó y pegó la vela a un arco, de tal forma que se prendieron las yerbas y en poco tiempo se extendieron por tapices y lienzos causando enormes destrozos.  De nada sirvieron los intentos de apagar las llamas con varas y espadas. 

Perecieron el racionero Peña, el canónigo Durán y un criado del cabildo. Apenas se salvaron cuatro o cinco paños....y unas palabras de la Consagración que el obispo Don Juan Manuel dejó a esta iglesia. 

Tocaron las campanas pidiendo ayuda pero por estar la iglesia apartada de la plaza y ser casi el medio de la siesta, la gente tardó en acudir. Fue el fuego tan terrible que solamente del aire que pasaba por él se calentó el capitel del reloj, que era de hoja de lata y madera destruyendo además las campanillas de los cuartos y cayendo todo el conjunto a plomo....

El obispo sacó el Sacramento......y lo levantó para que lo adorasen. Y fue tan grande el aullido y llanto de la gente que parece que milagrosamente, desde entonces, se conoció ir aprovechando los remedios que se hacían....

Duró el fuego, lo recio de él, desde las tres hasta las seis de la tarde, momento en que  empezó a disminuir hasta extinguirse al filo de las diez de la noche. 








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