UN CAMBIO DRÁSTICO DE VIDA.
Alonso de Céspedes, aguerrido militar que ha servido haciendo siempre el deber y recibido muchas heridas en los ejércitos de Felipe II, un buen día del año 1587 decidió dar un giro radical a su vida.
Había servido al rey durante 22 años, 18 de ellos como soldado, alférez y sargento mayor en Italia y 4 años más como teniente de capitán general de artillería del reino de Portugal.
En su destino de Lisboa empezó a tener problemas económicos debido a los crecidos gastos que el desempeño de su labor le ocasionaba y, sobre todo, al escaso salario, de 25 ducados mensuales, que percibía. En 1583 acusó a un portugués honrado de haberle robado dinero; le encerró en su posada durante muchas horas y le propinó una paliza tal que descalabró al pobre incauto. Este intento de tomarse la justicia por su mano fue muy mal visto por los habitantes del lugar y por sus propios compañeros. Para templar los ánimos y dar ejemplo, la autoridad civil le encarceló en un castillo en tanto en cuanto sentenciara el juez militar que, a la sazón, se encontraba ausente. No estuvo mucho tiempo a la sombra y regresó a su puesto con absoluta normalidad.
En diciembre de 1586 solicitaba al rey licencia por dos meses, ya que sin faltar un día ni haber ido a donde tiene su patrimonio y herencia...,necesitaba ausentarse para resolver asuntos privados. En febrero del mismo año el rey le había concedido una ayuda de costa no demasiado generosa. Así las cosas, muy pobre y necesitado....,decidió dejar la carrera militar y entrarse a la religión de los carmelitas descalzos con el propósito de viajar a China a evangelizar.
Enterado de que el capitán inglés Drake navegaba hacia Lisboa (donde sólo amenazó y no llegó a atacar) decidió retrasar la marcha para hacer un último servicio a la corona.
Definitivamente, en agosto de 1587 pedía licencia a Felipe II para sacar ocho mil carros de madera de Galicia al reino de Portugal. Con la venta de esa leña esperaba obtener el dinero suficiente para pagar los 510 ducados que adeudaba a varios particulares. Saldada la deuda, ya no había inconveniente que estorbara el cumplimiento de su tardía vocación religiosa.
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